EL AMOR A SÍ MISMO"

Uno de los sentimientos intensos que existen en el individuo, y que suele rebasarlo, es el amor a sí mismo, varias veces mayor que el que campanea sentir por el prójimo.

Bien mirado, con desnuda lógica, eso es negativo en la medida en que es difícil que ese prójimo no repare en tal doblez, sobre todo si él, a su vez, también lo practica. La convivencia pasa a ser, así, un afectuoso intercambio de dobleces. Obvio: no siempre.

Ya resulta fácil sorprender a alguien con dos o más caras, razón suficiente para que muchos prefieran manejar una sola, la naturalmente suya. Sabemos que en el fondo cada uno de nosotros es una mezcla de virtudes y defectos, pese a nuestro fondo manco en más de un aspecto.

Y, como una réplica a esta situación precaria, existe el amor propio, el árbol más grande de nuestro paisaje interior. Sin cuyo oxigeno alimentando nuestra alma, más reparos le mereceríamos al alertado prójimo.

Entonces DISTINGUIDOS (AS), el amor propio no sólo existe. FUNCIONA. ¡Y de que modo! A veces es capaz de hacer de cualquiera un GIGANTE. Inventa para sí mismo una imagen superior. Con ella trafica a ocho columnas en la primera plana, confundido con los grandes de verdad y, a veces, hasta cosechando sus siembras sin necesidad de ser agricultor.

Y son éstos, no los falsificados, los dignos de admiración por su capacidad para proyectar o construir lo que venga, en grande o en pequeño, y siempre ejemplarmente bien hecho. Son los verdaderos hacedores de milagros a la vista de todos, como la computación, el rayo láser y el viaje de ida y vuelta a la luna.

El hombre así es un ser completo, hecho con los mejores y con los peores materiales. De barro y de oro. Lo cual se ve en su conducta cotidiana. ¿O no?.

Pero bueno, con todo lo que anda suelta la imaginación, recurso inatajable, todavía no se inventa nada más inelegante que elogiarse a sí mismo, y peor aun cuando es sin moderación.

Incluso en la soledad, y sin poder hacer ninguna comparación, el ególatra solitario se siente un GIGANTE, se coloca sobre el pecho un set de imaginarias condecoraciones, su estatura crece cada vez más, al mismo tiempo que se reducen la de sus prójimos, quienes al final terminan comparativamente como enanos.

Es indudablemente todo un caso para Sigmund Freud. Con su juicio obnubilado por tanto amor a sí mismo, con no menos temblor que el que sentía Romeo por Julieta, carece de total capacidad autocrítica, lo que redunda en que su papel de gigante al lado de cualquier oyente lo seguirá alejando cada vez más del nuevo prójimo que conozca.

Su mejor símil es el del mitológico Narciso, quien, como ya ustedes saben, se hallaba tan hermoso que, al observarse en una fuente de agua, no se desmayó, sino que se murió ante tanta belleza, ni siquiera dio tiempo de llevarlo a una unidad de cuidados intensivos.

Estamos de acuerdo en que todo hombre debe quererse un poco para que cualquier revés no nos desequilibre con peligro. Pero de ahí a sentirse también bello hay una larga distancia, toda vez que, además, la belleza debe ir más bien con la mujer. Lo que corresponde al hombre es que ojalá sea inteligente.

Como siempre,

Octavio Torres

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